La única manera de llegar a la ciudad de Namrad es a través del puente de un solo arco. Bajo él transcurre un río de aguas rojizas que nadie sabe donde nace ni donde termina. Este puente, que recibe el nombre de Yavarhav, es el único camino que pueden tomar los habitantes de Namrad tanto para entrar como para salir de la ciudad. No existen otras rutas posibles. Parece como si nadie se atreviera a tocar la tierra que existe más allá de las casas. Terrenos áridos, blancos, pedregosos, faltos de vida.

Todo lo contrario ocurre en el pequeño círculo que forma la ciudad. Echando un vistazo rápido, puedo calcular que aquí pueden vivir, aproximadamente, unas mil dos cientas personas. Los hombres visten con largas túnicas verde mate que se lían hasta en tres ocasiones alrededor del cuerpo. En la cabeza, de uso más que obligatorio, llevan unos gorros parecidos a los bombines europeos, hechos de lana de oveja y "tanatarsha", una planta de tallo violáceo que crece en las orillas del río. Las mujeres, que son más del doble que los hombres, según me he podido informar, utilizan las mismas ropas pero en lugar de usar las túnicas verde mate de los hombres utilizan el color amarillo, que aquí es sinónimo de silencio.

En medio de la plaza principal hay un galeote semidestruido que los niños utilizan para sus juegos. Según Temrav, uno de los cuarenta propietarios de taberna, el galeote llegó un día por el río con rumbo perdido.Encontraron a todos los marineros muertos en las bodegas y al capitán empalado en el palo mayor. Después de darle entierro a todos, decidieron arrastrar el barco hasta la plaza, lo que les llevó una año
y medio.

- Pero -pregunté-, no intentaron saber de dónde venía, ni qué les había pasado.

El hombre me miró con una media sonrisa y me dijo que después de sucedido, el origen del suceso carecía de importancia.

* * *

A los tres días de llegar a Namrad, una tarde, mientras las mujeres salían enteramente desnudas de la "casa del agua", llevando sobre sus cabezas la ropa recien lavada de la familia, una niña de unos tres años se acercó hasta la base del galeote donde yo estaba sentado. Al principio me miró como si temiera algo. Luego, después de sentarse a mi lado, comenzó a contarme algo que no entendí en absoluto, hasta que en un momento dado me dijo:

- A veces quiero morir...

* * *

Una mañana llegaron de viaje un grupo de ancianos. Llevavan fuera de Namrad casi dos años. Eran doce en total. En cuanto llegaron un grupo de mujeres los cogieron en brazos como a niños y se los llevaron a la "casa del agua". Estuvieron allí encerrados con ellos toda una semana. Había un movimiento contínuo de entradas y salidas. Logré acercarme hasta la puerta, pero en cuanto me descubrieron, una de las mujeres me miró y con solo mirarme supe que no debía dar ni un paso más.Estoy dispuesto a quedarme lo que haga tiempo con el único propósito de saber qué esconde ese edificio.

* * *

Me han avisado de que dentro de cinco horas, en cuanto comience a anochecer, tendré que abandonar Namrad. No hay ningún motivo en concreto por lo que han tomado esta decisión.

- Esto es como la muerte. Puede llegar en cualquier momento.

Les dije que mi intención era quedarme por lo menos unos meses hasta que tuviera decidido que rumbo tomar.

- Esto es como la muerte.

Intente explicarle todos sus planes. De modo que preparé las pocas cosas que siempre llevo encima y me dispuse a abandonar la ciudad. Al salir me di cuenta que el puente estaba construído con baldosas que llevaban inscritas multitud de nombres. Me agaché y pude leer unos cuantos, estaban incluso por orden alfabético. Por curiosidad busqué la inicial de mi nombre, la J. No estaba mi nombre. Luego pensé que tal vez hubieran resuelto ordenarlo por el apellido. En efecto, en la B hallé mi apellido, a continuación de unos y seguido por otros.

En un instante, dándome la espalda, cerraron la puerta de Namrad. Me quedé allí parado en mitad del puente y por un momento tuve la extraña sensación de que el puente mismo iba a hacerse invisible bajo mis pies. No pude por menos que acelerar mis pasos. Juro que no miré atrás.


Ilustraciones de Horacio Oliveira