En un acto de inmodestia total y absoluto, publicamos este relato, que obtuvo el accesit de la Semana Negra de Gijón.

 

El inspector pensó que tenía que haber sido de noche, no le cabía la menor duda. Estas cosas ocurrían así... Era una fea mañana... Estaba aquel hombre con la cara destrozada por un disparo, caído sobre el salpicadero, el coche en la cuneta, la carretera poco frecuentada. Hacía frío, la humedad... Había estado lloviendo buena parte de la noche, le espantaba el barro y miraba preocupado el estado de sus zapatos. En fin, esperaban al juez. Se lo imaginaba desayunando tranquilamente, un poco por desgana un poco por fastidiarles. Sería un suicidio, qué otra cosa sino.

Miraba sin convicción, caminando con las manos en los bolsillos, si, ahí llegaba, era el viejo Bouquet. Se estrecharon la mano. Este invierno era un invierno de locos furiosos, se disparaban aquí y allá, a sí mismos, a los demás, el índice de muertes por arma de fuego... estadísticas.
.. eran su afición. Le expresó sus dudas, pero que si tonterías (hacía ademanes de déjese, déjese), no perdamos el tiempo, los expedientes se acumulan... más estadísticas... Insistió... Bueno, podía mirar. Un poquito, un par de días, y luego algo muy convincente o el caso estaría cerrado. Se encogió de hombros. ¿Porqué no? Definitivamente, se había llenado los zapatos de barro, empezaban a caer algunas gotas, pesadas, enormes. ¡Maldita lluvia! Aquello no acabaría nunca, tanta basura flotando por el universo. Antes los otoños eran otoños, las primaveras primaveras y así... Ahora... Se despidieron...

Había que trabajar. Trabajar cansa. Movieron el cuerpo, lo incorporaron en el asiento, era difícil determinar la edad en ese estado, unos cuarenta, quizás menos. Primera sorpresa. Otra pistola. Uy, uy. Miró el arma. Ningún aficionado, era del ambiente. Pero, ¿quién? No le recordaba a nadie. Era un poco impersonal. Ningún rasgo característico. Él debía saberlo. Ellos debían saberlo. Dispararon a la cara convencidos de que aquello conduciría al anonimato.

- Mire esto, le va a gustar.

El oficial le alargó unas fotografías. En todas ellas aparecía un hombre con la cabeza recortada... Una muchacha, otro joven, él, una playa, un paseo... Una avenida, solo... En ese momento supo que ya se habían encontrado, algunos años atrás, una calurosa tarde de verano, una tarde de verano en que soñó con él...

Por aquel entonces tenía sueño siempre, continuamente. Su mujer se lo reprochaba a menudo, luego ella murió y ya nadie le decía nada. Claro que estaban aquellas horas insoportables, bajo el ventilador de aspas de su oficina, bajo el ruido monótono de la máquina de escribir, que redactaba informes igual de monótonos, con los papeles que se vuelan, la camisa que se vuelve doble piel, esa sensación de que todo es pegajoso, que el aire pesa... Allí nunca ocurría nada. Sólo se ahogaban, sin la ayuda de nadie. Ningún asesinato, ningún robo. En una de ellas soñó con un hombre que hacía un viaje por carretera. Aquí las carreteras parece que no llevan a ningún sitio, vacías e interminables. No se ven luces, sólo pequeños destellos, a lo lejos, las aldeas, los pueblecitos. No hay ciudades. Intentaba ver su cara, pero no podía. Hacía todo lo posible, intentaba descubrir el más pequeño detalle, el menor rasgo, inútilmente. Recordó una historia, un hombre que un día ve como un pájaro golpea contra una ventana de casa, enloquecido. Piensa que es la muerte, que le busca. Decide huir, al sur. Pero su coche se estrella, en una curva.

Una llamada de teléfono le despertó. ¿Ha descubierto algo? No. Luego otra. Habían identificado a uno de los de la fotografía. René Gégauff. Era difícil. La fotografía tenía al menos diez años. René cincuenta quilos más... Y un restaurante selecto. Pidió un café granizado. Allí, no tenían de eso. Si acaso y excepcionalmente le podían hacer uno helado. No. Entonces nada. Suspiró. El gordo René y él se conocían, eran viejos amigos (y sin embargo no le reconoció, su memoria se perdía, era difícil encontrar algo en su cerebro). Cuando éste entró le lanzó una mirada que no quería verle. Pensó que sabía algo. Le hizo gestos, ven, ven, querido. Le enseñó la fotografía. Ah, que tiempos aquellos, inspector, ve eso sobre mi cabeza, era pelo. Qué simpático. Le señaló aquel hombre recortado. Sus ojos, de un azul tan desvanecido que parecían blancos, no se inmutaron. No sabía quién era. De hecho no recordaba a nadie en aquella fotografía, ni tan siquiera el lugar. ¡Él había viajado tanto!

No le gustaban las ciudades. Al principio, quizás. En la ciudad se sentía perdido y la lluvia no contribuía a paliar ese sentimiento de estar vagando sin rumbo. Se metió en un café, pidió un grog y eso le reanimó un poco. Debía estar cogiendo un catarro. Mientras bebía pensaba en su asesinado, se lo imaginaba en el coche, en la radio cantaría Paolo Conte, quizás. Los vehículos serían escasos y él pensaría en pasar la noche en algún lado o al menos en cenar algo. Fumaba mucho, no compulsivamente, sino mucho. No debía de temer nada, pero pensaba en la posibilidad. Cogió la pistola de la guantera y la dejó en el asiento del acompañante. Luego la guardó consigo. Sí, debió ser así. Parecido o diferente no tenía demasiada importancia. Sólo importaban los últimos minutos, incluso bastaba con el último segundo. Hacía años que sentía un desprecio por las causas. Sólo apreciaba los hechos. Y no todos. Cuando regresó a casa se tomó otro café. No dormiría. Le quedaría Miles Davis. Miles Davis siempre tocaba solo. Sintió que ésta era una historia de solitarios. Él, el muerto, Davis...

La señora (señorita) Audran se sentía incomoda en el pasillo, así, de pie. Le propuso salir a tomar algo, pero dijo no poder, y buscó su comprensión con una mirada fugaz en dirección a la clase, tras cuya puerta se adivinaba un rumor de críos gratamente abandonados a sus tareas. Como quiera. Le enseñó la fotografía. ¿Por qué tenía la sensación de que todos le esperaban? No a raíz de la muerte (la noticia había ocupado muy poco en los periódicos, sin nombres, sin ninguna imagen, un simple suicidado). Le esperaban desde hacía muchos años. Desde todo este tiempo habían calculado sus respuestas, las preguntas, las contestaciones. Claro está, no lo conocía. ¿Dejaba por aquel entonces que todo el mundo le agarrara por la cintura? Enrojeció. No, claro, pero... Eso fue, pensaba, hace no menos de doce o trece años. Sí, podía recordar haber pasado algunos días con un muchacho, una aventura (incluso esta palabra le parecía demasiado) sin importancia. Podía recordar todo eso, como algo muy lejano, pero no su nombre o su cara. Eso sería pedirle mucho. Nadie, pues, colaboraría. Al cerrar la verja sintió que ella le miraba desde la ventana. Le hizo un gesto de despedida, sin volverse. Seguramente ella no se lo devolvió.

Aquel trayecto nocturno de regreso, que volvía sobre las huellas del asesinado y sus asesinos, le oprimía, como si una mano empujase con fuerza su pecho, con una convicción, la de que no los encontraría jamás, porque nadie quería encontrarlos. Ni él, ni el juez, ni el muerto, ni sus amigos... Recordaba un verso de Apollinaire: hemos llevado tan lejos el arte de la invisibilidad...



Pensó que tal vez debía dormir un poco. En realidad era igual llegar antes que después. El trabajo estaba hecho. Quedaba recoger el resto del dinero convenido. Luego unas largas vacaciones, lejos, pensaba en algún lugar de Italia, le gustaba Italia, ciao bambina. En Rusia hacía frío. Los checos también tenían frío. En Londres llueve, y en Irlanda y seguramente en París. Los alemanes, nein danke. El hombre es un elefantito... Cogió la pistola de la guantera y la dejó sobre el asiento. Paolo Conte cantaba siempre la misma canción... Lungo il viaggio e anche noioso... Rebobinaba la cinta una y otra vez, hasta la extenuación. Le gustaba esa repetición obsesiva... Thelonious Monk tocando durante veintidós minutos unos acordes de 'round midnight... Las noches son terribles. Las noches aquí son terribles. Piensas en muchas idioteces, el cerebro se llena de basura, eres pura divagación. Se aburría... Conducir no le divertía. Estaría bien morir en un sitio así, pensó. Tardarían en encontrarle. Vendría la policía, más preocupados por el barro que por su muerte. Pensarían en un suicidio, mientras esperan al juez, que no tiene prisa. Los muertos no se mueven, no van a salir corriendo, no se van a escapar. Movió el espejo retrovisor. Sí, definitivamente necesitaba unas vacaciones. Sacó unas fotografías del bolsillo, bonita playa. Sonrió al ver la cabeza de aquel tipo recortada. Le había costado encontrarle, después de haber hecho desaparecer su rostro de todos los lugares posibles. No era tonto. Ahora ya no necesitaría esconderse, ni siquiera preocuparse de que alguien le fuera a reconocer, de eso se ocupó el ácido... Sintió unas luces tras él. Era difícil no verlas, única cosa en movimiento entre toda aquella oscuridad. Le seguían. Estaba cansado. Suspiró. Pensó que aquella noche era interminable, que no amanecería nunca. No se equivocó.